Traumas

Para muchas personas los traumas de la infancia funcionan como la homeopatía: una causa mínima tiene un efecto infinito.

Nostalgia mediocre

Empiezo a sospechar que existe una cierta relación entre la nostalgia y la mediocridad.

Quienes anhelan ese paraíso perdido en los tiempos lejanos de un pasado mítico, o quienes lo buscan en el futuro mesiánico de las utopías; quienes sienten nostalgia del fango o nostalgia del brillo, o de la épica y del desastre, como dice Steiner, quizá sean en gran medida aquellos que desean escapar, de una manera falsa y torpe, de su mediocridad.

Me pregunto si la nostalgia crece en proporción directa a la mediocridad espiritual.

Incluso me pregunto si la nostalgia sin más, sin más especificación, no será una expresión o consecuencia del presente mediocre.

Parece razonable pensar que quien no vive en una cierta mediocridad presente, quien está dominado por la alegría, el entusiasmo, la serenidad, no tiene por qué recurrir a la nostalgia, porque el momento presente ya le parece más que suficiente.

El peligro de tener ideas

Recientemente he podido observar en varias ocasiones que parece haberse acentuado en ciertas personas la incapacidad de salirse, ni siquiera por un instante, del carril de sus ideas, de su ideología, de su manera de pensar. No se trata ya de que no acepten cambiar de opinión, sino que ni siquiera parecen dispuestas a aceptar un buen argumento ni a suspender su dogmatismo por unos instantes para disfrutar de una buena conversación. En algunos casos incluso he presenciado uan misma reacción: “Yo con quienes niegan esto… o aquello me niego directamente a hablar.”

Pero lo más curioso es que “esto o aquello” no era ni siquiera algo relacionado directamente con la vida y la muerte.

Movilidad social

George Steiner intenta explicar en su ensayo En el castillo de Barbazul el por qué una sociedad aparentemente apaciguada durante un siglo (desde el fin de la era napoleónica hasta 1914) acabó cayendo en la bestialidad de las dos guerras mundiales del siglo XX. Una de las causas podría ser:

“La conjunción de un extremo dinamismo económico-técnico con una gran porción de inmovilidad social obligada, una conjución sobre la que se edificó un siglo de civilización liberal, burguesa, suministraba una mezcla explosiva”

Pero habría que examinar si parte importante del problema no es ya la inmovilidad social, sino precisamente lo contrario: la movilidad social, que, aunque no fuese mucha, era mayor que la de épocas anteriores.

Me refiero a la percepción de que existía un cierto grado de movilidad social, en comparación con la sociedad estática medieval en la que la no movilidad social se aceptaba porque no se conocía otra cosa. Ver que existía esa movilidad social y no poder aceder a ella podía ser más frustrante que pensar que no había siquiera tal posibilidad.

Incluso entre las capas privilegiadas de la población (nobles, burgueses, eclesiásticos) se producía la percepción inevitable, aunque fuera en un segundo término, de que su posición social era un  privilegio injusto.

Un privilegio casi accidental para los burgueses, que bien podían recordar cómo vivía su padre o su abuelo.

Un privilegio amenazado para los nobles, que recordaban perfectamente los años de la guillotina.

Una clara conciencia de la movilidad social, frente al sistema estamentario que se aceptaba en la Edad Media (aunque su legitimación fuera en última instancia el uso de la fuerza, como es obvio).

Para muchos nobles revolucionarios (que los había) el pensameinto podía ser éste: ” Si ya no existen barreras que me separen y distingan de los burgueses, eliminemos las que nos distinguen a todos de los obreros. O todo o nada”. Para otros  más celosos de sus privilegios, el pensamiento podía ser: “Al señalar la injusticia de los burgueses respecto a los obreros, minimizo mi propia injusticia y me distingo de la aborrecida burguesía”.

Escupir en el café

En una conversación alguien comenta que a un jefe (al que consideraban especialmente detestable), un empleado recién despedido por él, le sirvió un último café, pero antes escupió en él.

Ninguno de los presentes muestra su repugnancia hacia el acto en sí. Yo no digo nada, pero a mí este tipo de venganzas, me parecen más repugnantes que el escupitajo. Nunca he sentido satisfacción por el mal ajeno, ni siquiera aunque ese mal caiga sobre una persona detestable. Ni siquiera cuando le sucede a alguien que yo mismo detesto (lo que es ya de por sí bastante insólito). Cuando muerre un tirano, no me alegro por su muerte, sino porque ofrece una posibilidad de liberarse al país que lo ha sufrido.

Lo cierto es que ni siquiera logro entender qué tipo de satisfacción se puede obtener al saber que alguien se ha bebido un café en el que otro escupió, y más en un caso como éste, en el que el jefe, según parece, nunca supo lo que pasaba con su café.

Un tropo paradójico

Tras contar lo desagradable que es un entierro, no ya por el suceso en sí, sino por la manera en que se comportan los asistentes, Pla concluye señalando que “es inexplicable la capacidad que tiene la gente para aprovechar todas las ocasiones para acenturar los apectos desagradables, horribles, que tiene la vida”, y concluye con un rasgo de humor paradójico que es un hermoso tropo literario:

“Se diría que el difunto se fue al otro mundo para no presenciar el espectáculo del enlutamiento de su familia”.   (Quadern gris, 91)

Me recuerda una frase que yo solía contestar a la gente cuando me preguntaba por qué visto siempre de negro:

“Es que llevo luto anticipado por mi propia muerte”

Que es casi la misma figura o tropo de pla, pero no exactamente. Sé que he encontrado motivos semejantes en otros autores, o que los he escrito yo mismo, pero ahora no recuerdo ninguno. Consiste en cambiar el orden de las causas y los efectos:

Fulano se viste de luto porque se muere Mengano

Mengano se muere porque Fulano se pone de luto (porque él se ha muerto)

y junto a ello la paradoja contenida en que Mengano ha sido la causa de eso que quería evitar ver al irse al otro mundo (que su familia se vistiese de luto).

Si no recuerdo mal, creo que este tropo lo emplea a menudo Boris Vian, tal vez en un pasaje de La espuma de los días en el que un personaje se choca con un semáforo.

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Nostalgia ¿de qué?

En La verdadera historia de las sociedades secretas me referí a esa afición, frecuente en ciertas sociedades secretas, pero también en otros ámbitos sociales, hacia un pasado ordenado y jerárquico, de caballeros con armaduras y caudillos decidididos y justicieros, un mundo en el que el bien y el mal estaban perfectamente definidos y no ofrecían dudas.

Lo llamé nostalgia del brillo, por ser algo así como la imagen invertida de la tradicional nostalgia del fango (nostalgie de la boue).

Steiner (En el castillo de barbazul) habla de otro tipo de nostalgia, la que sobrevino tras la época de la Revolución Francesa y napoleón. Se podría llamar nostalgia de la épica, y quizá incluya a la nostangia del brillo y la del fango.

Sin embargo, “épica” tal vez no sea la palabra adecuada y el propio Steiner, como descubrí unas páginas más allá, definía aquel sentimiento precisamente con la palabra nostalgia: “nostalgia del desastre”.

No está mal, pero sospecho que hay un término que englobaría todas estas nostalgias, algo cercano a “novelesco” o “drama”. Tal vez, sí, nostalgia del drama.

Barbazul

Del cuento de Barbazul apenas recuerdo nada. tan sólo que había algunas puertas, tal vez siete, y varias mujeres, quizá siete también. Que Barbazul las mataba una tras otra.

Pero, a pesar de no recordar los detalles, sí conservo la percepción de que esa historia me impresionó muchísimo durante la infancia. Se me aparece como indudable que ha sido uan de las historias que más me ha impresionado, como si asociada a esa experiencia hubiese un gran descubrimiento, no sólo emotivo o emocional, como si aquel momento en que me estremecí con Barbazul también me hubiera revelado un secreto, una clave de mi educacion sentimental e intelectual.

Creo que ese contacto turbador con Barbazul no se produjo leyendo un cuento, sino viendo una película.

Otras emociones de intensidad semejante las tengo asociadas al Cuento de Navidad, de Dickens, que ha sido quizá mi mayor apñrendizaje en el terreno de la moral, y una película, que apenas recuerdo: Un fabuloso bribón. Sospecho que esa película me enseñó cómo debe vivir uno su vida, pero no estoy seguro. Tal vez me enseñó otra cosa.

Intentaré, en algún momento, recuperar y explicar el privilegio emocional asociado a esas tres historias, y descifrar cómo ha funcionado en mí su mecanismo.

La resaca de la épica

George Steiner, en En el castillo de Barbazul, analiza la resaca que se produjo en el mundo occidental tras la épica época de la Revolución Francesa y las conquistas de Napoleón (1789-1814). Esa resaca duró de 1815 a 1914. Fue un siglo de burguesía monótona, que provocó el ennui, el insoportable aburrimiento desesperado de la intelectualidad y causó el romanticismo:

“Es precisamente a partir de 1830 cuando puede observarse… la visión de la ciudad desolada, als fantasías de invasiones de escitas y vándalos, los corceles mongoles que apagan la sed en las fuentes de las Tullerías” (22)

Sobreviene una invencible nostalgia de tiempos más agitados en lso que se hacía la historia, esa resaca Steiner la relaciona con el estallido final de la violencia en 1914 y el horror criminal del siglo XX.

Al leerlo, pensé si esa resaca se puede encontrar en otros períodos históricos huérfanos de épica. Si tras la épica guerra de los griegos contra los persas sobrevino también un período de ennui, de escepticismo y depresión, en el que, tal vez, podríamos situar el surgimiento de los sofistas. Resaca que también propició una especie de romanticismo avant la letre que, ¿quién sabe?, pudo desembocar en la Guerra del Peloponeso.

O tal vez la resaca vino tras la Guerra del Peloponeso y desembocó en Alejandro Magno.

Después, al continuar la lectura del libro de Steiner, he visto que él también se plantea esa pregunta:

“Son los fenómenos del ennui y del anhelo de una disolución violenta una constante en la historia de las formas sociales e intelectuales, una vez que estas han traspasado determinado umbral de refinamiento?”.

No sé si Steiner termina por responder a esta pregunta, porque todavía no he leído todo el libro.

Predicción revolucionaria

En el Dietario de Pla hay un ejemplo bastante asombroso de predicción de lo que iba a suceder con la revolñuvción rusa, apenas unos meses después de la revolución, en marzo de 1918,  dice Enric Frigola, uno de los contertulios del joven Pla en el Ampurdán:

Els russos estan ara implantant la justícia en el seu país. Patiran moltíssim. Se la passaran molt malament. Es veuran obligats a crear un Estat merament policíac, fred, sinistre. Passaran molta gana i molta set, hauran d’ampliar totes les seves presons, hauran de debolir tot allò que fa agradable la vida. I, així i tot, no implantaran cap forma de justícia.

Resulta verdaderamente asombrosa la exactitud de la predicción, que cualquiera diría es ya de quien ha vivido los tiempos de Stalin.

Pero quizá no sea tan asombrosa y nos enseñe que las cosas estaban bastante claras incluso desde los primeros tiempos, y que quien no lo vio es poruq no quiso verlo. Porque hay que recordar que para muchos esa ceguera duró hasta 1989.

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